Que venga el cielo y lo vea
19.10.2025
De entrada, y para no llevar a engaños, soy gran admirador de la obra de Philip Glass y admito, soy así, la enorme rabia que sentí al conocer el estreno mundial de su ópera The perfect American, dedicada a la figura de Walt Disney, en el Teatro Real de Madrid. Echo de menos autores actuales en los grandes teatros operísticos, aquellos cuya ancianidad viene de un nacimiento con vocación de estar al día de las novedades musicales y ahora se renquean en su clasicismo exacerbado. ¿Nada nuevo bajo el sol? Pues viene a cuento la reflexión dado algunos comentarios en los corrillos post Akhnaten en el Gran Teatre del Liceu barcelonés. Del Glass o te gusta o no te gusta al fue moderno hace cuarenta años, unas ensimismadas valquirias zapatillas de estar por casa mediante, corretearon los pasillos líricos. Razón hay, pues la obra cuelga ya cuatro décadas, pero la modernidad no está en la edad, sino en el espíritu. Y moderna es, nueva claramente no, como tampoco, o mucho menos, lo es la obra de Verdi, y ahí está, subiendo y bajando telones año tras año. Cabe decir que no fue el hálito general del público, que vivió con devoción este rey sol minimalista.
Una vez hecha mi reflexión, de una subjetividad pornográfica, seamos honestos, vayamos al grano, o pongámonos al sol, mejor dicho. Porque no es un hecho menor el estreno español de la obra Akhnaten y que este sea en el Gran Teatro del Liceu. Ahora sí, bravo. La ópera se centra en la vida del faraón del siglo XIV a. C marido de Nefertiti, de muerte misteriosa. La obra muestra diversos momentos de su vida carente de linealidad. La escenografía de Phelim McDermott es brillante, abrazando el minimalismo de Glass, en una obra carente de violines, con un peso potente de chelos y contrabajos, así como de coros enérgicos y oníricos, el espectáculo presentado en el liceu barcelonés es una maravilla. La hipnosis existe y se llama Akhnaten.
La dirección musical de la directora Karen Kamensek sacó magnífico partido de la orquesta del Liceu que estuvo a un altísimo nivel, con la magnífica tensión de metales y cuerdas. Brillante el coro del Liceu, apuntalando con los ya mencionados pesos vocales de la obra la representación. Por supuesto, el rol protagonista del contratenor americano Anthony Roth Costanzo fue canela en rama. Presencia, carisma, arte en mayúsculas, inundaron con su interpretación el escenario. Y una actitud visceral que, personalmente, aprecio en suma en todo lo referente a la creatividad artística. Era Glass, sí, y era McDermott, también, pero, por favor, eran Kamensek y Roth Costanzo sobre todas las cosas. Y si no, que venga el cielo y lo vea, Y que aprenda.
Un texto de Juan Carlos Romero
Fotografía cortesía de Gran Teatre del Liceu
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