Brillante, ancora
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| © A. Bofill |
22.11.2025
Sí, había una gran expectación, y no es para menos, ante una nueva aparición en el Gran Teatre del Liceu del gran tenor Javier Camarena recuperando su Nemerino de 2012 en la claramente vigente y preciosa producción que Mario Gas creó para el Festival Grec de 1983 de la ópera L'elisir d'amore del maestro Gaetano Donizetti. No en vano, claramente nunca en vano sino parabienes delicados, esta producción se ha repuesto en el templo operístico barcelonés en 2005, 2012, 2013 y 2018, con paso previo por el Festival de Peralada, a quien se guarde muchos años, en 1998.
Sin embargo, un aire de decepción entró en el teatro cuando se anunció que por indisposición vocal el tenor mejicano no podría interpretar su papel, siendo sustituido por el tenor neozelandés Filipe Manu, primer premio en el Concurso Viñas de 2024. Su esfuerzo plausible, y calidades reconocidas, ayudaron a que el show continuara, a pesar de que sus limitaciones en timbre y proyección de voz respecto a las conocidas de Javier Camarena se percibieron notablemente en algunos momentos clave de la obra.
Debutaba como Adina la soprano Serena Sáenz, sintiéndose en apariencia cómoda en su papel y resuelta en su interpretación, su voz fue cabalgando con mayor soltura y empaque a medida que la obra iba avanzando. Más insolente y menos tierna de lo que estamos acostumbrados para Adina, la soprano imprimió su propio carácter al personaje, compensando con esa fuerza añadida el arranque lento den su desenvoltura vocal.
A nivel personal quisiera destacar al barítono Ambrogio Maestri, quien nos regaló un extra al acabar la función seguramente consciente de que él había personificado el brillo de esta representación, seduciendo al público con su Dulcamara en un aire casi de cena final de película de Fellini moviéndose entre butacas con aire de aquelarre italiano. Si no vi a Fellini aplaudiendo entre el público, que me aspen, lentes focales de Ettore Scola mediante.
La dirección musical de Diego Matheuz, no siempre estuvo a la altura de una orquesta y coros del Liceu, y la sombra de Josep Pons se asomó como Séptimo Sello bergniano. Esa partida de ajedrez, no se ganó.
Aún así, como titulo, la velada brilló, fue festiva, voluntariosa, el montaje original de Gas sigue vigente y vibrante, acabando todo en un destilado de buen cuerpo y mejor sabor.
Un texto de Juan Carlos Romero
Fotografía de © A. Bofill cortesí de Gran Teatre del Liceu
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