In crescendo
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| © Gran Teatre del Liceu / David Ruano |
La expectación tras la gran recepción de la nueva producción de La Gioconda , la ópera de Amilcare Ponchielli esta vez con dirección de escena de Romain Gilbert y escenografía de Etienne Pluss, era grande, y la satisfacción de la misma una vez vista, aun mayor, a pesar de que en la sesión del 22 de febrero a la que asistí, no contaba con la unánimemente aplaudida Saoie Hernández, quien interpretó a la protagonista Gioconda en el estreno en el Gran Teatre del Liceu. Ekaterina Semenchuk asumió este papel en la sesión que disfruté con altísimo grado. La mezzosoprano bielorrussa fue sin dudar un punto álgido de esta Gioconda, volviéndose eléctrica en su voz e ímpetu, podríamos decir que de nervio muy actual. Fue un deleite máximo escucharla y verla, te interpela, te reta, me atrevería a decir que en grado superior a otras de sus interpretaciones, siempre magníficas por otro lado. Dramáticamente de menos a más, pero qué más. Brava!
En el papel de Laura Adorno, la mezzosoprano armenia Varduhi Abrahamyan , excelente en su parte vocal, aunque con menos detalle dramático, quizás, sin embargo potente y rica en voz como ha demostrado en otras ocasiones en el teatro barcelonés, como en 2018 con L’italiana in Algeri y en Norma en 2021. Explotó en el tercer acto, quizás más diluida en la coralidad de la función en los dos anteriores, pero qué explosión, sin duda.
Anna Kissjudit, mezzosoprano húngara que se está consolidando en el panorama operístico wagneriano, debuta como La Cieca en esta nueva Gioconda en el Gran Teatre del Liceu. Su interpretación me pareció colorista y tremendamente encantadora, dejando seducido al público en cada una de sus aunque breves, apreciadas intervenciones.
El bajo húngaro-rumano Alexander Köpeczi también debuta con su Alvise Badoero en el magno escenario barcelonés. Solamente mencionar "Sì, ella morir dè!… Ombre di mia prosapia” es recordar aquél verso final de Lope de Vega: "Quien lo probó, lo sabe". Correcto en todo momento y con presencia dramática importante, el mencionado momento fue su momento cumbre y espléndido.
Martin Muehle ya es talento conocido, y admirado, en Barcelona. Yo mismo pude descubrirlo para mi baúl de recuerdos allá por 2019 con Cavalleria rusticana y Pagliacci con dirección de escena de Damiano Michieletto. Hablamos de potencia, cuerpo, intensidad, y así fue también en esta ocasión, aunque su Enzo Grimaldo se movió entre una falta de finura, no grave, posiblemente por su enérgico timbre. Fuerte no sutil.
El barítono tarraconense Àngel Ódena, que debutó por allá 1998 con L'elisir d'amore en el Liceu, nso regaló un muy elogiable Barnaba, El persona debe ser tosco y despreciable, y doy fe que lo fue. De lo mejor en lo dramático y muy plausible en lo vocal.
Además del dramatismo de Àngel Ódena y otros frutos deliciosos ya mencionados de esta producción, hay que destacar la soberbia dirección musical de Daniel Oren que regresó al Liceu siete años después del Hamlet en versión concierto. Mimoso en su acercamiento orquestal en relación a las interpretaciones vocales y sus características, nuevamente, como en varios de los artistas mencionados en escena, siendo en el tercer acto cuando mostró su mayor esplendor.
Un texto de Juan Carlos Romero
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